domingo, 1 de noviembre de 2009

Hoy le agradecemos a la pomada calabacera por este post



31. Un Perro Andaluz (Un chien andalou) (1929) c/ La Edad de Oro (L'âge d'or) (1930)
Cómo se nota que nos acercamos a la trifecta del cuadrilátero, siendo estas dos percepciones humanas las únicas olorosas calas en el cerro con aspiraciones de montaña repleto de rosas rojas, azules, blancas, verdes, amarillas, rosas, bermellón y las naranjas que se mueven los días nublados. Es curioso decir que vengo hablando de estas dos pobres criaturas desde que empecén a expresarme a través de la vasija llena de agua en la punta de una torre tan alta, pero tan alta que los pájaros tienen que mirar hacia arriba para poder llegar a esa altura tan alta que los que caen se demoran tres semanas en tocar suelo y poder rebotar hacia arriba otra vez, pues las leyes de la física no se le aplican. Sobre todo porque son mis favoritas representaciones surrealistas, las dos del hombre detrás del abrigo negro color negro azul, Luis Buñuel, el único que ha logrado convencerme que esta retroproyección cerebral no tiene por qué tener un gusano escondido en las profundidades de la cueva goteante del averno, sino que puede ser que simplemente no tenga nada y sea simplemente como acariciar unos pétales con bálsamo para los ojos y así poder llegar al cielo y poder gritar que dos más dos no son siempre tres, sino que a veces es necesario decir cuatro, sobre todo los miércoles de mayo. Ambas tienen entre sus raíces profundas el señor que se para en la esquina de mi casa y mira todo lo que hago a toda hora, esté o no esté allá y que de seguro también se para en sus casas, aquí el hombre del abrigo negro color negro azuloso le tira huevos desde el centro de la habitación, tratando de que le llegue a los ojos, no sé si le apunta, pero es divertido verle lanzarlos y moviéndose de un lado a otro, esquivando los trozos de concreto que tratan de caer sobre él bajo la orden del hombre parado en la esquina de todas nuestras casas. La otra raíz que llega al centro de la tierra es la que leva al huevo, no los que lanza el hombre del abrigo negro color azul, sino el huevo que se siente en el pedestal dorado encima de nuestras cabezas, el huevo que tiene marcas circulares y nos vuelven locos, nos hacen delirar, nos hacen caer, nos hacen morir sólo un poquito para poder disfrutar después de la vida misma pensando en el huevo, pero sin que se torne en avestruz o que se estrelle contra tu cara por el peso. Abajo tengo dos contrapciones donde se pueden ver la dos murallas de la mente del hombre del abrigo azul, así vemos si tienen las ganas de llegar al patio y balancearse por las lianas imaginarias que les indican unos niños pequeños que viven en un recipiente lleno de líquido rojo que se encuentra a los pies de sus camas.
Un Perro Andaluz (1929)

La Edad de Oro (1930)