jueves, 23 de agosto de 2012

100 Días de Terror - Nº31: I Bury the Living (1958)

Imposibiru, por Jaime Grijalba.
Ojalá no existan muchas películas como estas en el cine de terror de los años 50, porque espero mucho más de esa tierra incógnita que significa, llena de monstruos radioactivos, arañas y hormigas gigantes, o piezas de meditación más calmadas como es esta película calmada, sin monstruos, sin sangre, sin zombies, sin radiación, sin nada que siquiera se asemeje a lo clásico del género del terror. Tenemos aquí tan solo una insinuación cerca del final de la historia, una insinuación similar a la hecha en la clásica historia de La Pata del Mono, y un elemento aparentemente sobrenatural relacionado con nuestro protagonista, su nuevo trabajo y un mapa dentro de un cementerio, todo rodeado por una serie de secuencias extrañas y salidas de quizás donde, nos da la posibilidad de ser testigos del episodio más largo de una serie de antologías como "Outer Limits" o "The Twillight Zone".
Es cierto, hay una cierta cualidad de los sets, las actuaciones, la edición o la trama que recuerda a un episodio de una serie de antología de los años 50. Luego de haberme introducido por algún tiempo en cosas como "Thriller" o "Alfred Hitchcock Presents", este material con el cual se realiza la película resulta muy similar sólo que extendido de manera anti-natural hasta el hartazgo. No es que no crea que la película no tenga cierto encanto y cosas buenas, porque hay muchas, y la premisa resulta muy interesante durante los primeros 20 minutos, y luego hay una jugada que realiza nuestro protagonista y que nos llena de expectación pues finalmente puede llegar a pasar algo completamente terrorífico e inesperado/esperado, pero finalmente no sucede. Toda la película, sobre todo mientras más se acerca al final, se siente más confusa, más lenta y sobre todo, como si nos quitaran la alfombra de debajo de los pies, un claro caso de coitus interruptus cuando más investidos estamos en la trama, nos quitan todo lo interesante de la misma.
Bueno, la historia nos pone en la piel de un recién elegido director del cementerio que su familia ha controlado desde su construcción. Ahora debe entregarle un informe a los miembros más altos de su familia acerca de las transacciones, ventas o ocurrencias, mientras que también debe preocuparse de mostrar los lugares que ocuparán los vivos una vez que pasen a mejor vida, y también de venderlos. Cuando vende un lugar, pone un pin en el mapa enorme del cementerio que tiene en su oficina, y como le enseña el viejo y mal maquillado encargado de cuidar el cementerio, tiene que usar pins negros para los muertos y blancos para los que aún no han muerto. Sucede que nos amigos de nuestro protagonista vienen a comprar una tumba, ya que están casados... y lo primero que hacen los recién casados es comprar una tumba... pero bien, la cosa es que nuestro protagonista, en un descuido, pone un pin negro en la tumba que compraron, y al día siguiente averigua que sus amigos han muerto.
¿Interesante? Tremendamente. ¿Lleva a cabo su potencial? Para nada. Se mantiene en la duda constante, entre la paranoia y lo sobrenatural, y cuando decide darnos una respuesta clara, decide ir por la menos interesante y al mismo tiempo la más imposible. Hay un momento crítico y visualmente impresionante, quizás lo mejor de toda la película, en la cual nuestro héroe empieza a poner pins blancos en todos los lugares donde antes había pins negros, empieza a alucinar, empieza a oír ruidos alrededor suyo, todos pensamos que vienen los zombies y nos mantenemos interesados, pero todo queda en nada. Una lástima.
6/10